Chusingura – Los 47 Ronin

Komunikazioa

El noble Asano es uno de los dos daimios nombrados por el Shogunado para encargarse del ceremonial mediante el cual todos los daimios hacían periódicamente juramento de fidelidad al Shogun. Los dos maestros de ceremonias son nobles provincianos, y por ello tienen que pedir instrucciones sobre la etiqueta requerida a un gran daimio de la corte, el noble Kira. Desgraciadamente, el servidor más sensato de Asano, Oishi –el héroe del relato-, que hubiera podido aconsejarle prudentemente, se halla en la provincia, y a Asano no se le ocurre ofrecerle un “regalo” suficiente a su importante instructor. Los servidores del otro daimio al que instruye Kira son hombres de mundo y cubren al maestro de ricos regalos. Kira, por tanto, instruye a Asano con mala voluntad e intencionadamente le indica un atuendo totalmente inadecuado para la ceremonia.

En el día señalado, Asano se presenta con esta indumentaria, y cuando se da cuenta de la burla de que ha sido objeto saca su espada y hiere a Kira en la frente antes de que logren separarlos. Su virtud como hombre de honor -el giri hacia su nombre- le obliga a vengarse por el insulto de Kira, pero sacar la espada en el palacio del Shogun sería una falta hacia el chu. Asano se ha comportado virtuosamente en cuanto al giri hacia su nombre, pero, solamente puede satisfacer el chu matándose, de acuerdo con las reglas del seppuku. Se retira a su casa y se viste para el sacrificio, esperando solamente el retorno de su más sabio y fiel servidor, Oishi. Cuando los dos se han intercambiado una larga mirada de adiós, Asano, habiéndose sentado en la forma requerida, clava la espada en su vientre y muere por su propia mano. Ningún pariente quiere suceder en su puesto al señor muerto que ha violado el chu y caído en desgracia ante el Shogunado, por ello el feudo de Asano es confiscado y sus servidores se convierten en ronin sin dueño.
De acuerdo con las obligaciones del giri, los servidores samurai de Asano deben hacer seppuku en honor a su señor, como él lo ha hecho. Si por el giri hacia su señor hicieran lo que él hizo por el giri hacia su nombre, esta acción expresaría su protesta por la ofensa de Kira a Asano. Pero Oishi decide secretamente que el seppuku es un acto demasiado pequeño para expresar su giri. Lo que deben hacer es completar la venganza que su propio señor no había sido capaz de llevar a cabo cuando los servidores le separaron de su encumbrado enemigo. Deben, pues, matar a Kira.

Pero esto implica violar el chu, ya que Kira está demasiado cerca del Shogunado para que el Estado otorgue a los ronin el permiso oficial para realizar su venganza. En los casos más comunes, el grupo que proyectaba vengarse presentaba su plan al Shogunado declarando la fecha límite, antes de la cual debía llevarse a cabo el acto de venganza o abandonar la empresa. Este acuerdo permitía que algunos afortunados pudieran reconciliar sus obligaciones hacia el chu, hacia el giri. Oishi sabía que ni él ni sus compañeros, podían recurrir a esta solución. Así, reúne a los ronin que habían sido guerreros samurai de Asano, pero no les comunica su plan de matar a Kira. Había más de trescientos ronin, y -según se contaba esta historia en las escuelas japonesas en 1940- todos estaban de acuerdo en cometer seppuku. Oishi sabía, sin embargo, que no todos ellos tenían un giri ilimitado -en la frase japonesa,”giri más sinceridad”-, por lo cual sería dificil una vendetta contra Kira.

Con la intención de separar a los que tenían “simplemente” giri de aquellos que tenían giri más sinceridad, utiliza como prueba la repartición de la renta personal de su señor. A los ojos de los japoneses, esta prueba era igual de válida tras tomar la decisión de suicidarse, como de no haberlo hecho, ya que quedaban sus familias como posibles beneficiarios. Hay un violento desacuerdo entre los ronin sobre en qué basar la división de la propiedad. El mayordomo jefe, que tiene el sueldo más alto de los servidores, dirige la fracción que propone dividir la renta en proporción a los ingresos anteriores. Oishi es el jefe de la fracción que quiere dividirla a partes iguales entre todos. Tan pronto como queda establecido cuáles son los ronin que tienen “simplemente” giri, Oishi muestra su acuerdo con el plan del mayordomo jefe para la partición de la hacienda y permite a aquellos que han ganado que abandonen la compañía. El mayordomo jefe se marcha, y por ello adquiere fama de ser un “samurai perro”, “un hombre que no conoce el giri” y un réprobo. Oishi juzga que solamente cuarenta y siete de ellos son lo bastante fuertes en giri como para hacerles partícipes de su plan de vendetta. Estos cuarenta y siete que se unen a él se juramentaron mediante aquel acto para que ni la buena fe, ni afecto alguno, ni tampoco las obligaciones del gimu entorpezcan el cumplimiento de su promesa. El giri se convierte en su ley suprema. Los cuarenta y siete se hacen un corte en un dedo y se unen en un voto de sangre.

La primera tarea es despistar a Kira. Se dispersan y fingen haber perdido el honor. Oishi frecuenta las casas públicas de menos categoría y se entrega a las peleas más indignas. Bajo el pretexto de su vida disipada se divorcia de su esposa -un paso habitual y completamente justificado para cualquier japonés que se veía a punto de enredarse con la ley, porque así no se le podía atribuir, ni a su mujer ni a sus hijos, ninguna responsabilidad en el acto final -. La esposa de Oishi se separa de él con gran tristeza, pero su hijo se une a los ronin.

Todo Tokio especula sobre la vendetta. Quienes respetan a los ronin están, por supuesto, convencidos de que intentarán matar a Kira. Pero los cuarenta y siete niegan tener semejante intención. Fingen “no saber lo que es el giri”. Sus suegros, ultrajados por tan deshonrosa conducta, les echan de sus casas y disuelven los matrimonios. Los amigos les ridiculizan. Un día, un amigo íntimo encuentra a Oishi borracho y divirtiéndose con mujeres, e incluso ante este amigo Oishi niega el giri hacia su señor. « ¿Venganza? -dice-, eso es una tontería. Uno debe disfrutar de la vida. No hay nada mejor que beber y divertirse.» Su amigo no le cree y saca la espada de Oishi de la vaina, esperando que su brillo resplandeciente desmienta lo que ha dicho su dueño, pero la espada está oxidada. Esto le obliga a creerle, y en plena calle le pega una patada al borracho Oishi, escupiendo sobre él. Uno de los ronin, necesitado de dinero para cumplir su parte de la vendetta, vendió a su esposa como prostituta. El hermano de ésta, también uno de los ronin, descubre que el conocimiento de la vendetta ha llegado a oídos de ella y se propone matarla con su propia espada, pensando que con esta prueba de su lealtad Oishi le dejará formar parte de los vengadores. Otro ronin mata a su suegro, y aun otro manda a su hermana a servir como criada y concubina a casa del propio Kira para que los ronin puedan recibir información desde el interior del palacio y saber cuándo podrán atacar; este acto la obliga a suicidarse una vez cumplida la venganza, pues ha de reparar mediante la muerte la falta incurrida al simular estar al lado de Kira.

Una noche de nieve, el 14 de diciembre, Kira da una fiesta en la cual se bebe sake y los guardias se emborrachan. Los ronin atacan la fortaleza, derrotan a los guardias y entran directamente en el dormitorio de Kira. El no se encuentra allí, pero su cama aún está caliente, y los ronin saben que está escondido en alguna parte del recinto. Por fin descubren a un hombre agazapado en una casita destinada a almacenar carbón de leña. Uno de los ronin mete su lanza por la pared de la choza, pero al sacarla no hay sangre en ella: desde luego, la lanza ha atravesado a Kira, pero al ir retirándola él limpió la sangre con la manga de su kimono. Su truco, sin embargo, no le ha valido de nada: los ronin le obligan a salir. Declara que no es Kira, sino el mayordomo jefe, pero en ese momento uno de los cuarenta y siete se acuerda de la herida que su señor le hizo a Kira en palacio de los Shogun. Por esta cicatriz le identifican y exigen que se haga de inmediato el seppuku. El se niega, lo cual demuestra sin ninguna duda que es un cobarde. Con la espada que el propio Asano había empleado para el seppuku le cortan la cabeza, le lavan ceremoniosamente y, habiendo concluido su tarea, emprenden una procesión para llevar la espada doblemente ensangrentada y la cabeza cortada al sepulcro de Asano.
Todo Tokio vibra de entusiasmo por la hazaña de los ronin. Sus familias y los suegros, que habían dudado de ellos, corren a abrazarles y a rendirles homenaje. Los grandes señores les ofrecen hospitalidad a lo largo de su camino. Ellos siguen hacia el sepulcro y allí colocan no sólo la cabeza y la espada, sino también un mensaje escrito a su señor que todavía se conserva:

– “Hemos venido hoy aquí a rendir pleitesía. No hubiéramos osado presentarnos si no hubiéramos realizado la venganza que tú iniciaste. Cada día que esperábamos nos parecía tres otoños. Hemos escoltado a mi señor Kira hasta tu tumba. Esta espada que tú tanto valorabas el año pasado y que nos confiaste, nosotros te la devolvemos ahora. Te rogamos que la aceptes y que golpees la cabeza de tu enemigo una segunda vez y que tu odio se desvanezca para siempre. Esta es la declaración respetuosa de cuarenta y siete hombres”.

Han pagado su giri, pero aún les falta pagar su chu. Sólo en la muerte pueden coincidir ambos. Han quebrantado la ley del Estado contra las vendettas no declaradas, pero no están en rebeldía contra el chu. Lo que se les exigía en nombre del chu tenían que cumplirlo, y el Shogunado decreta que los cuarenta y siete deben hacerse el seppuku. Como dicen los libros de lectura japoneses de quinto grado: “Puesto que actuaron en venganza de su señor, la firme rectitud de su giri debería servir de ejemplo para todas las generaciones futuras”. Por esta razón, el Shogunado, tras estudiar el caso, exigió el seppuku, una solución que mataría dos pájaros de un tiro. Es decir, al matarse con sus propias manos, los ronin pagaron la suprema deuda con el giri y el gimu.

BENEDICT, Ruth. El crisantemo y la espada, Madrid, Alianza Editorial S.A., 1974 (Pags.181-185)

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